viernes, 16 de noviembre de 2012

LE CONTE DE DEUX CITÉS de CHARLES DICKENS


(…)L’ère nouvelle commençait ; le roi avait été mis en jugement, la République une et indivisible, seule contre l’Europe en armes, se levait pour vaincre ou pour mourir (…)
Un tribunal révolutionnaire à Paris, quarante ou cinquante mille comités révolutionnaires répandus sur toute la surface du territoire ; une loi des suspects, menaçant la vie et la liberté de chacun, mettant l’innocence et l’honnêteté à la merci de la fureur et du crime ; les prisons gorgées d’individus non coupables, et qui ne pouvaient obtenir qu’on écoutât leurs plaintes : tel était l’ordre de choses actuellement en vigueur ; et l’application en paraissait ancienne, bien qu’elle eût tout au plus quelques mois d’existence. Enfin, dominant tout le reste, une horrible figure, la guillotine, inconnue peu de temps avant, était aussi familière à tous les regards que si elle eût existé depuis la création du monde.
Elle servait de thème aux plaisanteries populaires : c’était le meilleur moyen de guérir le mal de tête, un remède infaillible pour empêcher les cheveux de blanchir, le barbier qui vous rasait de plus près. Quiconque embrassait la guillotine, regardait par la fenêtre, puis éternuait dans le sac. Elle était devenue le signe de la régénération humaine, et remplaçait le crucifix ; de petits modèles de cet instrument libérateur décoraient les poitrines, d’où la croix avait disparu ; et l’on offrait à la guillotine les hommages que l’on refusait au Christ.
Elle fit couler tant de sang que le terrain qui la portait s’en détrempa, et que le bois de sa charpente en pourrit (…)

“Le Conte de deux cités” de Charles Dickens

HISTORIA DE DOS CIUDADES de CHARLES DICKENS



(…) Empezaba la nueva era; el rey había sido juzgado, condenado y decapitado, la República de Libertad, Igualdad y Fraternidad o Muerte, declaró que obtendría la victoria contra el mundo entero, alzado en armas contra ella, o moriría en su empeño.
(…)
En la capital había un tribunal revolucionario y en la nación cuarenta y cinco mil comités revolucionarios; una ley de Sospechosos, que hizo desaparecer toda clase de seguridades en que descansan la libertad y la vida y que ponía a las personas inocentes a merced de cualquier malvado; las cárceles estaban repletas de gente que no había cometido delito alguno y que no podían hacer valer su inocencia; todo eso llegó a ser un orden social y antes de muchas semanas pudo parecer un uso ya muy antiguo. Y por encima de todo descollaba una figura horrible, que llegó a ser tan familiar como si fuera cosa corriente desde los primeros tiempos del mundo; la figura de la aguda hembra llamada La Guillotina.
Era el tema popular de toda clase de bromas; era el mejor remedio para el dolor de cabeza, lo que impedía que el cabello encaneciera, y lo que daba al cutis una delicadeza especial. Era la Navaja nacional que afeitaba excelentemente, y el que besaba la Guillotina miraba a través del ventanillo y estornudaba dentro del cesto. Era el signo de la regeneración de la raza humana y substituía a la Cruz. Y muchos eran los que llevaban a guisa de dije modelitos de la Guillotina, en el mismo lugar en que antes llevaran la Cruz, a la que desdeñaban para creer en aquélla.
Tantas eran las cabezas que cortaba, que tanto ella como la tierra que la sustentaba estaban llenas de sangre. (…)

“Historia de dos ciudades” de Charles Dickens